
No tengo claro quién recibirá estas palabras. No cuento con nombres ni identidades concretas; quizá ni siquiera haya un destinatario real. La exministra de Seguridad —que no era titular de Justicia— anunció que el Ejecutivo enviará al Congreso un proyecto de nuevo Código Penal y adelantó cuáles serían sus ejes centrales. Estas líneas no se dirigen a los dirigentes políticos ni buscan alimentar la antipolítica. En la política, como en cualquier ámbito, conviven personas valiosas con otras guiadas solo por la ambición y el poder, al margen de la ética. Tampoco van dirigidas a los grandes medios, cuyo objetivo principal es el rating y, con ello, la publicidad y el dinero. Sus motivaciones pueden no ser aceptables, pero sí comprensibles.
Estas palabras están pensadas para docentes, penalistas o juristas que —según se comenta, aunque puedo estar errado— participaron o tuvieron intervención en la elaboración del proyecto. Sus decisiones no solo me parecen injustificadas, sino también difíciles de comprender. Si realmente estuvieron involucrados, me pregunto qué los impulsó a colaborar con algo tan desacertado.
Queridos colegas: aquí no estamos debatiendo cuestiones técnicas sobre dolo o imputación objetiva. Lo que está en juego es la vida y la libertad de la ciudadanía. ¿Pretenden saturar las cárceles con personas de escasa peligrosidad? ¿No advierten que el hacinamiento abre la puerta a que las prisiones queden bajo el control de organizaciones criminales? ¿Que eso deriva en motines, violencia extrema y muertes? ¿Podrán dormir tranquilos si ocurre? ¿No ven lo que sucede en países como Ecuador? ¿Creen que la privatización carcelaria solucionará algo, cuando ha fracasado en todos los lugares donde se intentó y hasta fue descartada por el sistema federal de EE. UU.? ¿Ignoran que casi la mitad de los detenidos en el país aún no tienen condena firme? ¿Están dispuestos a transformar la prisión preventiva en una condena anticipada? ¿Se olvidan de que la Constitución exige cárceles dignas y sanas? ¿Imaginan que con penas perpetuas habrá reinserción social? ¿O pretenden reinsertar muertos?
¿Desconocen que la prescripción existe porque el paso del tiempo borra pruebas? ¿Creen que un criminal con rasgos psicopáticos se inhibirá ante una pena perpetua? ¿No saben que no sirve agregar delitos por cada hecho mediático? ¿Pensaron que tipificar un problema social evita su existencia? ¿Realmente creen que la baja en homicidios responde solo a un año de cifras, cuando la tendencia descendente lleva más de una década? Las preguntas podrían multiplicarse.
Y sobre la “presunción de legítima defensa” para las fuerzas de seguridad: ¿nadie les dijo que ya existe? El agente actúa en defensa no por voluntad propia —como cualquier ciudadano—, sino porque es su deber, y las normas siempre presumen que un funcionario cumple su función salvo prueba en contrario. ¿Para qué incluir algo que el derecho ya reconoce? ¿Para generar una ilusión entre los policías? ¿Para repetirles que no serán abandonados cuando cometan errores, como tantas veces sucede?
Muchos dirán que se trata de un proyecto de corte fascista. Pero ni siquiera eso. El Codice Rocco es fascista, sí, refleja la filosofía de Gentile, pero tiene coherencia interna. Da miedo por su ideología, pero es un código. En cambio, esto es una construcción improvisada, diseñada para el aplauso fácil y sin sustento teórico.
¿Por qué avanzar en esta dirección? En el campo penal, la historia recuerda nombres siniestros como Vyshinski o Freisler, figuras moldeadas por el ansia de poder de regímenes totalitarios. Pero ustedes, ¿qué buscan? ¿Por qué arriesgarse a quedar asociados a un legado vergonzoso? No están disputando cargos en un Estado nazi o estalinista. En serio: ¿qué los picó?
Si realmente existen esos redactores y no estoy hablando al vacío, les pido que reflexionen. Están deshonrando la tradición del pensamiento penal argentino, que siempre ha debatido con diferencias, sí, pero sin renunciar a principios esenciales. Les ruego que tomen distancia antes de quedar marcados por un proyecto que pasará a la historia por las peores razones. Ojalá esté equivocado y estas palabras no encuentren receptor.







