La Nueva República

Antonio Arregui, exarzobispo de Guayaquil, falleció a los 86 años

El exarzobispo de Guayaquil, monseñor Antonio Arregui Yarza, falleció este jueves 5 de febrero de 2026 en la ciudad de Guayaquil, a los 86 años de edad, dejando un profundo legado en la Iglesia Católica ecuatoriana. Arregui, quien se encontraba retirado del servicio eclesial, dedicó gran parte de su vida al servicio pastoral y social, siendo una de las figuras más influyentes del clero en el país.

Nacido en Oñate, España, el 3 de junio de 1939, fue ordenado sacerdote el 13 de marzo de 1964 dentro de la prelatura del Opus Dei. Su vocación lo llevó a desempeñar distintos roles pastorales y educativos, destacándose por su labor en la formación de jóvenes y en la comunicación religiosa.

En su trayectoria episcopal, Arregui fue primero obispo auxiliar de Quito y luego obispo de Ibarra, antes de ser nombrado arzobispo de Guayaquil el 7 de mayo de 2003 por el papa Juan Pablo II. Durante más de una década, hasta el 24 de septiembre de 2015, dirigió la arquidiócesis, promoviendo la educación, la acción social y el fortalecimiento de los medios de comunicación católicos en el país. Además, se desempeñó como presidente de la Conferencia Episcopal Ecuatoriana entre 2008 y 2014, impulsando el diálogo y la unidad entre las iglesias locales.

Monseñor Arregui fue reconocido por su compromiso con la sociedad, impulsando proyectos educativos, de salud y obras sociales que beneficiaron a miles de personas en Guayaquil y otras ciudades del país. Su legado incluye la consolidación de programas pastorales y de formación espiritual que perduran hasta hoy.

Tras su fallecimiento, la Arquidiócesis de Guayaquil informó que el cuerpo será velado en la Catedral Metropolitana de Guayaquil, con misas continuas abiertas al público. Las exequias principales se celebrarán el sábado 7 de febrero, y el entierro se realizará en la cripta de la Catedral, cumpliendo así los deseos del arzobispo emérito.

Su partida deja un profundo vacío en la comunidad católica, pero también un legado duradero de fe, liderazgo y servicio a la sociedad, que será recordado por generaciones dentro y fuera del ámbito religioso.