
Guayaquil, 9 de septiembre de 2025 – Las autoridades municipales y policiales demolieron un altar dedicado a la Santa Muerte tras un violento incidente ocurrido en la calle Julián Coronel, en las faldas del histórico cerro del Carmen. El operativo se desplegó después de un ataque armado que dejó como saldo una persona fallecida, identificada con el alias de “Guasón”, presunto integrante de una estructura criminal vinculada al microtráfico.
Un símbolo que une crimen y terror
El altar, compuesto por cuatro imágenes, flores, veladoras y botellas de licor, no era un montaje improvisado: se encontraba en la vía pública, contabilizaba cámaras de vigilancia y estaba a pocos metros de una Unidad de Policía Comunitaria (UPC). La Policía lo asoció directamente con una organización narco-delictiva que mantiene control territorial en el sector, que ha sido escenario de operativos violentos y confrontaciones entre bandas.
El alcalde de Guayaquil, Aquiles Álvarez, no dudó en calificar el altar como una “porquería” y aseguró que operativos como este continuarán. “Cada porquería de estas que encontramos, las destruiremos. Dios con nosotros”, expresó públicamente.
El terror más allá del símbolo
No fue casualidad que el derribo del altar se diera justo después del atentado en la barbería, donde “Guasón” perdió la vida. Santiago Bejarano, jefe del distrito 9 de Octubre, confirmó que la presencia de este altar y la violencia ocurrida indican la operación de una banda criminal que vigila el sector con cámaras propias y “campaneros”, impidiendo el ingreso de autoridades y consolidando su dominio.
Entre lo espiritual y lo criminal
El culto a la Santa Muerte, originado en México en el siglo XVIII, ha trascendido fronteras y se ha vuelto habitual en contextos criminales de América Latina. En Ecuador, su presencia ha sido documentada en cárceles, viviendas y zonas periféricas usadas como refugios o centros de tráfico. A menudo, los narcos lo utilizan como un símbolo de protección en sus actividades violentas.
Testigos de operativos han relatado cómo defensores espirituales provenientes de la santería, e incluso reclusos, suplican por el mantenimiento de símbolos como éste, lo que revela la profunda dimensión simbólica de estos altares incluso dentro del crimen organizado.
El derribo del altar de la Santa Muerte en Guayaquil no fue una acción aislada, sino una intervención estratégica que refleja el uso de símbolos religiosos por parte de estructuras criminales para imponer poder e intimidar. Este hecho marca uno de los muchos desafíos que enfrenta la ciudad: combatir no solo la violencia física, sino también el misticismo oscuro que lo alimenta. En este contexto, la decisión de erradicar estos símbolos no solo responde a una lógica de seguridad, sino también a la defensa del espacio público y la dignidad ciudadana.







